Ir al contenido principal

UNA COMUNIDAD PARA HACER CRECER NUESTRA FE

Una comunidad de fe, o una fe comunitaria. En cualquiera de los casos dos realidades de un mismo cuerpo necesarias en nuestra vocación cristiana. En torno a esta dimensión troncal de la fe ha girado en la casa de Espiritualidad Padre Damián de Jerez, la cuarta sesión del CURSO DE ANIMADORES DE COMUNIDADES CRISTIANAS Y ANTROPOLOGÍA CRISTIANA ADULTA.  Con más de 40 personas asistentes y conducidos por el P. Silvio Bueno SSCC, miembros de comunidades parroquiales de Arcos de la Frontera, Sevilla, Jerez y San Fernando, han podido desmenuzar la importancia de la comunidad en el ser creyente y en el ser miembros de una comunidad de comunidades que es la Iglesia local y universal. El mundo presente necesita de la vivencia comunitaria para mantener la fe de las sociedades que nos tocan más cercanas. Una vivencia que se encarna en las Parroquias, como unidades territoriales, pero también instrumentos o herramientas claves para poner a prueba nuestra fe, para desarrollarla, para verla crecer, sostenerla o incluso verla tambalear. Las comunidades son las verdaderas sostenedoras de esas parroquias que a su vez sostienen a las diócesis y a la Iglesia universal. Pero el creyente es comunitario porque Jesús así lo quiso, y tras la Resurrección así se organizó la Iglesia. También porque para renovarse espiritualmente hace falta exponerse y verdad. Tener a hermanos, no necesariamente amigos, en nuestras comunidades cristianas nos recuerdan que nuestra conexión es algo más fuerte que una mera amistad. Esa conexión es Cristo, por eso no se basa en la afinidad de corazones sino en la afinidad con Cristo, que genera conflictos, pero que a través de ellos nos enseñan el mejor camino para llegar a Dios.

Estas y otras reflexiones planteadas por Silvio han aparecido en la fría mañana en la que también se ha mirado a la Iglesia como algo “querido por Dios y parte de su redención” que no es una asociación ni una convención, sino un espacio doctrinal y de magisterio que sitúa al Hombre, y donde Dios está en su centro, pero también fuera de ella misma. Por eso los “distintos” pueden unirse en comunidad y todos podemos vivir la fe en ella.

La necesidad de tener comunidades en las Parroquias pasa, -como se ha hecho en este espacio tan necesario- en formar a agentes que puedan ser animadores de adultos. Unos adultos que necesitan durante el período más largo de sus vidas, personas que los acompañen, que les recuerden cómo Dios dibuja un camino exclusivo para cada uno, que necesita ser cuidado permanentemente para dar fruto abundante. Las personas animadoras deben estar presentes, formados, que no diluyan su posición… Que unan a las personas con la Iglesia y el magisterio, y que ayudan a no relativizar, a recordar lo apostólico y permitir a sus miembros estar en “zapatillas”.

Por último, se revisaron los “apellidos” de la Iglesia. Grupos y maneras de acceder a la fe que se dan en el seno de la misma y que pueden marcar la vida de los creyentes. Un animador de comunidad debe conocerlos para advertir de sus matices, de sus acentos, para poder comparar y hacer crecer desde Dios las espiritualidades de los miembros. Sí se recordó que, en todo seguimiento de Cristo, no debe bordearse la cruz ni olvidar que nuestra fe es siempre comunitaria. Que no hay Iglesia sin Jesús, ni Jesús sin Iglesia.

La comida nos ayudó a “digerir” mejor todo esto, y a constatar que esto no ha hecho más que comenzar como comunidad de comunidades que somos.

Armando Rotea

Loading

Facebook
YouTube
Instagram