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EL ADVIENTO QUE OS DESEO

Se trata de “caminar hacia Belén”. Pero no caminar solos, caminar en compañía. El Adviento es para compartirlo.  Pero, además, ese camino hacia Belén, hay que hacerlo, fundamentalmente, con el corazón.  Un corazón que en la medida que se va acercando a Belén, va palpitando con más fuerza, porque el final del camino, es encontrarse con Jesús. Es una peregrinación que tiene sus exigencias.

 En cada trecho del camino, debemos ir dejando una parte del lastre, de todo aquello que nos impide llegar a tiempo, o llegar con retraso, o tal vez, incluso, no llegar a ese Belén, donde Alguien nos espera. Por eso, cada semana que pasa (son cuatro) debemos analizar, si hemos sido capaces de estar más “ligeros de equipaje”, y con el corazón más lleno de amor, de confianza, de solidaridad; con el deseo creciente de encontrar a Alguien que viene (ha venido) en humildad y pobreza, para contar con nosotros en la construcción del Reino de Dios.

Nos pueden ayudar a recorrer el camino, dos personas que lo recorrieron antes: José y María. Hicieron lugar en sus corazones, y en sus vidas, para que Jesús encontrara un lugar para nacer. La vida de María y de José, fue un adviento continuo, una espera activa en la que se prepararon para recibir al Dios encarnado. Así nos habla el Evangelio según San Lucas:

“y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para en ellos en el albergue.”

Un pesebre es lo menos digno para que nazca un niño. Y menos todavía un Niño que también es Dios.  Ninguno de nosotros, en principio, quisiera que un hijo nos naciera en esa situación, en un lugar y en condiciones no humanas. Sin embargo, cuántos niños, antes y después de Jesús, han nacido, y siguen viniendo al mundo en los pesebres de la pobreza injusta, en las periferias de una sociedad egoísta, que se ceba principalmente en los países y realidades del “tercer y cuarto mundo”.

El Adviento nos invita a que nuestro corazón, sea ese pesebre donde puedan nacer esperanzas renovadas de fraternidad universal, para tantos desheredados de esta tierra, que también les pertenece. Peregrinar al pesebre de nuestro corazón es atrevernos a hacer posible, que al final de este Adviento, pueda nacer en él, Aquel que no hará acepción de personas. Aquel que llevará el amor a su máxima expresión. Aquel, que, siendo Dios, se hizo “cercano” a nosotros, para que nosotros seamos capaces de acercarnos a Él.

El “gran desafío” de este tiempo de Adviento es: “Hacer de nuestro corazón, un pesebre”, y animar a otros a que su corazón se prepare para llenarse de Dios.

Félix González SS.CC.

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