APOSTAR POR LA ESPERANZA
Agradecemos este artículo realizado para nuestra web por el periodista isleño, afincado en Madrid, Ricardo Olmedo Luque. Periodista detrás de las cámaras en RTVE, redactor y guionista del programa “Pueblo de Dios”. Especializado en información social y religiosa. Guionista. Reportajes y documentales elaborados en países de África, América y Asia. Ha colaborado en varias publicaciones: Familia Cristiana, Ecclesia, Reinado Social, Cáritas, Humanizar y Hospitalarias.
En esta ocasión nos habla de su experiencia con Germán Fresán, sacerdote misionero de los Sagrados Corazones, que lleva más de 53 años en África, más de la mitad en la misión de la Congregación en Marera (Mozambique), en la que esta parroquia siempre ha colaborado y sigue colaborando en uno de los proyectos, 30 becas para niñas del internado en situación de riesgo
APOSTAR POR LA ESPERANZA
Ricardo Olmedo
En la tarde fría y lluviosa de enero me llega el cálido mensaje que el papa Francisco dirige para la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, una de las muchas que la Iglesia pone en el calendario para llamar la atención sobre distintos temas: la paz, las vocaciones, los migrantes, los enfermos, etc.
La prosa pontificia en tiempos de Francisco tiene grandes dosis de elegancia, hondura y claridad. O sea, que da gusto leer lo que firma el papa. Y en dicho mensaje encuentro esto: “sueño con una comunicación que sepa hacernos compañeros de camino (…) para reavivar la esperanza en un tiempo tan atribulado. Una comunicación que sea capaz de hablar al corazón, no de suscitar reacciones pasionales de aislamiento y de rabia, sino actitudes de apertura y amistad; capaz de apostar por la belleza y la esperanza aun en las situaciones aparentemente más desesperadas”.
Lo leo y me viene el fogonazo de la memoria, que no deslumbra, al contrario, me aclara alguna de las cosas que he hecho, que he vivido, que he comunicado. Y supongo que por la conexión Buen Pastor-SSCC me lleva enseguida a orillas del río Zambeze, esa gigantesca arteria de agua que atraviesa varios países africanos para desembocar en el Índico por Mozambique. Allí, en el poblado de Chupanga, me encontré por primera vez con el misionero Germán Fresán, al que le hice un reportaje. Por cierto, que unos años más tarde le volví a hacer otro en Marera, donde este navarro se está dejando la vida levantando un estupendo instituto agrario.
En aquel primer e inolvidable encuentro, durante las veladas tras la cena y en el silencio de la noche solo roto por el gruñido lejano de algún hipopótamo, Germán me contó muchas cosas de sus años congoleses y mozambiqueños. Algunas de esas historias, de tan brutalmente ciertas parecían increíbles. Pero como las contaba despojadas de altisonancia y con esa media sonrisa de quien ya ha vivido mucho parecían cuentos para dormir. Una mañana, Germán se encontró a las puertas de la misión con cientos de personas que habían salido huyendo de un Zambeze enfurecido que inundó sus poblados. Y allí estaban, acostumbrados a la desgracia y con un hambre de siglos. En poco tiempo organizó aquello, salieron ollas de debajo de las piedras y pudieron sobrevivir hasta que se volvieron por donde habían venido a reconstruir su vida. Aquello no fue noticia, vaya por Dios.
Y Germán me lo contaba mientras seguía organizando otra comida mañanera para cientos de niños, asesoraba a los pescadores de Chupanga, enseñaba a cultivar huertos, levantaba gallineros, construía casas y diseñaba capillas rurales. Un no parar de repartir vida. Y esto lo narraba a cámara con una actitud comunicativa que nos hizo desde entonces “compañeros de camino”, como dice Francisco. Puntualmente me siguen llegando las mensuales “Noticias de Marera” donde desglosa venturas y desventuras de su actual misión.
La memoria agradecida de aquellas experiencias me sigue nutriendo y confirmando que hay muchas cosas que contar “en un tiempo atribulado” como este. El problema es que cada día escucho y leo a mucha gente que está a años luz de hacer lo que ahora pide el Papa, lo que hizo Germán aquellos días en Mozambique: apostar por la belleza y la esperanza aun en las situaciones aparentemente más desesperadas.

