EL CORAZÓN HERIDO, Y SILENCIADO, DE ÁFRICA
Ricardo Olmedo
Íbamos por una carretera del este de la República Democrática del Congo, bordeando la frontera con Ruanda y Uganda. Habíamos salido bien temprano de Goma, en la orilla norte del lago Kivu, para llegar a tiempo de grabar la inauguración de un hospital apoyado por Manos Unidas en la pequeña villa de Karambi. Sucedió a mitad de ese camino que también lleva al parque de Virunga, donde los gorilas intentan vivir tranquilos. De pronto, una ráfaga de metralleta sobre nuestro convoy nos detuvo en seco. Claro, en la caravana de coches iba el gobernador de la región -habían convocado las primeras elecciones democráticas del país-, el obispo de la diócesis y nosotros, el grupo de la televisión española. Éramos -perdón por el chiste- un blanco perfecto.
Si hubiesen querido, habría corrido la sangre. Solo fue un aviso de que estaban allí, de que algunos de los muchos grupos rebeldes diseminados por el este del país seguían vivos y armados, de que la paz no iba a ser fácil de conseguir en un territorio que, por otro lado, nunca la tuvo. Y así era: estábamos en uno de los polvorines del continente. En ese rincón africano -estremece recordar el genocidio de la vecina Ruanda- la memoria de los más viejos del lugar solo estaba poblada de desgracias, incluida la erupción del volcán Nyaragongo, que de vez en cuando se despierta como un viejo irascible del que brota terror en forma de lava.
Volví luego a ese gigantesco país, a la sureña provincia de Katanga, donde Leopoldo, el rey sobre cuyos desmanes los belgas pasan de puntillas en la escuela, masacró nativos para obligarles a que explotaran las minas a finales del XIX y principios del XX. Tengo que reconocer que tampoco me fue muy bien y por poco no acabo en el fondo de una de sus muchas explotaciones mineras. Eso de buscar respuestas en una tierra marcada por la violencia no suele acabar de buena manera.
Así que pensé que a la tercera iba a ir la vencida –y me iban a tener que repatriar con los pies por delante- cuando me dijeron que volvía al corazón herido de África…en busca de los Sagrados Corazones. Reiteración cardíaca. ¡Ay! Todo había empezado por un viaje a India, para celebrar la canonización del Padre Damián y hacer varios reportajes con los nuevos “molokais” de sus hermanos de congregación. De ahí surgió mi interés por seguir el rastro de los SSCC en otros sitios. En Mozambique, Álvaro de Luxán, que compartía casa con el bueno de Román Elizalde, me contó sus aventuras congoleñas compartidas con Germán Fresán en la época disparatada de Mobutu. Y Álvaro, cuyo espíritu no se fue nunca de África, me despertó la curiosidad.
Menos mal que volví a Congo. En caso contrario no habría conocido a Antonio Riaño y Pilar Sánchez, corazones entregados a la misión y que me hicieron reconciliarme con ese país cuyas heridas no se cierran nunca. De esas heridas me estoy acordando ahora cuando leo las últimas noticias que vienen de allí: el país atraviesa una de las crisis humanitarias más graves y prolongadas del mundo. Las provincias del Kivu son escenario de una violencia despiadada impulsada por decenas de grupos armados, entre ellos el Movimiento 23 de Marzo (M23), que han convertido la región en un campo de batalla por el control de sus recursos minerales. Según la ONU, más de siete millones de personas han sido desplazadas por los combates, mientras que miles han perdido la vida en ataques que incluyen ejecuciones sumarias, violaciones y saqueos.
Y en el otro extremo del país, en Kinshasa, las bandas kuluna (criminales organizados) se están expandiendo por la capital, una urbe en continuo estado de tensión. Hace unos días, las dominicas han sufrido un asalto en su casa del barrio de Kimbanseke, no muy lejos de donde están los y las SSCC. El cardenal Ambongo no ha tardado en pedir a las distintas congregaciones “que redoblen su vigilancia, sin ceder al pánico ni al miedo”.
En fin, que cuando nos cuenten las noticias internacionales y solo nos hablen de lo que quieren Trump, Putin, los de la OTAN, los de la UE y compañía nos acordemos también de ese corazón herido de África con el que la parroquia del Buen Pastor tiene una conexión tan honda y solidaria desde hace muchos años.

